DRAGON
Ayer me soñé en tiempos remotos, hecho prisionero en la inmensidad de un amarillo pastizal. Hincado alrededor de una familia que me era extraña y, sin embargo, amada. Rodeado por temibles guardianes que no eran de este mundo sino de las sombras. Observando a mi estirpe posar sus miradas esperanzadas en las alturas, en un firmamento pincelado por el crepúsculo. Susurrando a mi oído y sin distraer un momento su vista del cielo:
-¡Llámalo, llámalo! –dijeron al tiempo que sus ojos encendidos parecían suplicármelo.
-Pero yo no creo en él –respondí francamente sorprendido por lo absurdo de su plegaria.
Poco después, toda mi atención se vio atraída por algo que se hallaba en lo alto de los cielos, vagando en círculos y dándose un chapuzón alegre entre una nube y otra. Aunque no lograba distinguir de qué se trataba, estaba extasiado con su visión. El contemplarle me transmitía una sensación embriagante de paz y cierta añoranza en la que me habría perdido de no haber escuchado el insistente susurro de sus voces. Un momento después, una confianza ajena a mi me invadió, impulsándome ha levantarme de entre la masa y lanzar, con toda la fuerza de la que era capaz, un grito que llevara su nombre. El tiempo se detuvo por un instante y al fin tuve fe cuando aquello que jugaba con las nubes, bajó rasante sobre nosotros y me hizo frente con todo lo magnífico de su presencia. Me alzó atónito para colocarme sobre su lomo y levantar el vuelo en un sólo golpe de sus alas.
Volando sobre el filo del horizonte, cortando el viento con mi rostro y aún maravillado con el momento, intuí el viejo lazo de amistad que nos unía y que había olvidado sin razón. Fue entonces que comprendí y señalé hacia abajo, como si de una orden se tratase. Al instante se precipitó de nuevo hacia la tierra, pero esta vez arrojando una llamarada de fuego que iluminó toda la pradera y las sombras ya no existieron más...
-¡Llámalo, llámalo! –dijeron al tiempo que sus ojos encendidos parecían suplicármelo.
-Pero yo no creo en él –respondí francamente sorprendido por lo absurdo de su plegaria.
Poco después, toda mi atención se vio atraída por algo que se hallaba en lo alto de los cielos, vagando en círculos y dándose un chapuzón alegre entre una nube y otra. Aunque no lograba distinguir de qué se trataba, estaba extasiado con su visión. El contemplarle me transmitía una sensación embriagante de paz y cierta añoranza en la que me habría perdido de no haber escuchado el insistente susurro de sus voces. Un momento después, una confianza ajena a mi me invadió, impulsándome ha levantarme de entre la masa y lanzar, con toda la fuerza de la que era capaz, un grito que llevara su nombre. El tiempo se detuvo por un instante y al fin tuve fe cuando aquello que jugaba con las nubes, bajó rasante sobre nosotros y me hizo frente con todo lo magnífico de su presencia. Me alzó atónito para colocarme sobre su lomo y levantar el vuelo en un sólo golpe de sus alas.
Volando sobre el filo del horizonte, cortando el viento con mi rostro y aún maravillado con el momento, intuí el viejo lazo de amistad que nos unía y que había olvidado sin razón. Fue entonces que comprendí y señalé hacia abajo, como si de una orden se tratase. Al instante se precipitó de nuevo hacia la tierra, pero esta vez arrojando una llamarada de fuego que iluminó toda la pradera y las sombras ya no existieron más...
*A veces me pregunto qué pasaría si lograra recordar su nombre.